“Todos confiamos en la ciencia. La ciencia nos ha dado los teléfonos inteligentes de nuestros bolsillos, los sistemas de navegación de nuestros coches y la asistencia médica que salva vidas. Confiamos en ingenieros cuando conducimos por puentes y volamos en aviones. Las empresas y los agricultores confían en la ciencia y la ingeniería para la innovación de productos, los avances tecnológicos y la previsión meteorológica. La ciencia ayuda a la humanidad a proteger el planeta y mantiene los contaminantes y las toxinas fuera de nuestro aire, agua y alimentos”.
Así comenzaba una carta abierta firmada por más de 1.900 miembros de las academias científicas norteamericanas que lleva por título A todo el pueblo americano*. Denuncian que “el ataque sistemático contra la ciencia por parte de la administración Trump” está provocando un desmantelamiento del sistema científico norteamericano, lo que podría tener repercusiones globales. No parece muy sensato tocar un sistema que ha liderado la investigación global desde hace ocho décadas.
Solo hay que recordar unos cuantos hitos para darse cuenta de la magnitud de la tragedia. Las universidades norteamericanas atrajeron todo el talento que el nazismo y el fascismo perseguían en los años 1930. Nombres como Einstein, Gödel o Fermi son refugiados que encontraron un nuevo hogar en EE. UU. y donde pusieron en práctica sus ideas. El proyecto Manhattan, la creación de la NASA y la llegada a la Luna, la creación de la agencia ARPA que propició el desarrollo de Internet son parte de este mismo sistema científico que hoy denuncia el ataque de Trump. Con casi el triple que Gran Bretaña, EE. UU., con 388, es el país con más premios Nobel en ciencias.
Los firmantes alertan que las agencias públicas están sometidas a presiones políticas para suprimir, ignorar o distorsionar evidencias científicas en áreas como el cambio climático, la salud pública o la seguridad alimentaria. Además, denuncian que se está restringiendo la publicación de datos, restringiendo los contactos internacionales, limitando el acceso público a la información y expulsando personal científico cualificado a través de despidos masivos o recortes presupuestarios.
También exponen cómo estas prácticas están creando un clima de miedo dentro de la comunidad científica, donde muchos investigadores se ven obligados a autocensurarse, eliminar su nombre de estudios o evitar temas delicados para no perder el financiamiento o el trabajo. Finalmente, los firmantes hacen un llamado a la ciudadanía para defender la integridad científica y exigir a las autoridades un compromiso firme con la verdad, la transparencia y el progreso científico.
"Muchos investigadores se ven obligados a autocensurarse, eliminar su nombre de estudios o evitar temas delicados para no perder el financiamiento o el trabajo"
¿Llamado a la ciudadanía? ¿Y qué debemos hacer?
Todo lo que está pasando en EE. UU. es cada vez más un dèjà vu, de los totalitarismos del siglo XX, y a la vez del futuro distópico de la teocracia totalitaria del Cuento de la criada de Margaret Atwood.
El Cuento de la criada lo tenéis en Netflix, y en libro editado por Quaderns Crema (con traducción de Xavier Pàmies), que ahora que se acerca Sant Jordi es un buen regalo. La novela es una de esas que si la lees cuando sale, es de ciencia-ficción, pero que si la lees al cabo de unos años es una novela costumbrista.
Lo que tiene delito es que no aprendamos las lecciones del pasado. En su libro Sobre la tiranía: 20 lecciones que debemos aprender del siglo XX (Destino), el historiador Timothy Snyder presenta 20 lecciones derivadas de las experiencias del siglo XX, no solo como un compendio histórico, sino como un manual de defensa de la democracia para prevenir la instauración de regímenes autoritarios.
Snyder argumenta que la protección de las instituciones democráticas, incluidas las académicas y científicas, es vital para prevenir la tiranía. En su segunda lección, “Defiende las instituciones”, señala que las instituciones no se protegen solas; requieren el compromiso activo de los ciudadanos para mantener su integridad y funcionalidad. Advierte que, en momentos de cambio político, es fundamental que la ciudadanía apoye y proteja estas estructuras para evitar que sean erosionadas o manipuladas por fuerzas autoritarias.
En su quinta lección, “Recuerda la ética profesional”, destaca que los profesionales, incluidos académicos y científicos, tienen la responsabilidad de mantener los estándares éticos de su disciplina, incluso cuando se enfrentan a presiones políticas o sociales. Así es esencial para preservar la integridad del conocimiento y asegurar que la ciencia y la educación no sean instrumentalizadas por intereses autoritarios.
"Los profesionales, incluidos académicos y científicos, tienen la responsabilidad de mantener los estándares éticos de su disciplina"
En su décima lección, “Cree en la verdad”, Snyder señala que la renuncia a la realidad fáctica puede abrir la puerta a regímenes autoritarios que buscan manipular la información para consolidar su poder. Por lo tanto, la defensa de la verdad y la resistencia a la desinformación son fundamentales para proteger la ciencia y la academia de ataques que pretenden desacreditarlas o controlarlas.
Snyder extrae 20 lecciones de la historia que se pueden resumir en dos: establece contacto visual y conversa sobre cuestiones triviales —mantener la comunicación humana refuerza los lazos sociales—, y practica una política corporal; participa activamente en manifestaciones y reuniones públicas. Así es exactamente todo lo que no hacemos cuando nos enfadamos mucho por redes sociales y escribimos y leemos artículos indignados como este.
Por eso son tan importantes movimientos de base, como las protestas de #Teslatakedown, o la reciente intervención en el Senado de EE. UU. del senador Cory Booker donde ha estado más de 25 horas seguidas hablando sin sentarse ni ir al baño. No solo porque las consecuencias que se deriven tengan un impacto —en el poder de Musk en el caso de #Teslatakedown—, sino porque este tipo de acciones propician la comunicación humana no mediada por algoritmos, refuerzan los lazos sociales y ponen cara al discurso. La política que Snyder demanda para combatir la tiranía se hace con el cuerpo.
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*Como quien escribe esta carta abierta son científicos, entiendo que cuando hablan de “pueblo americano” se dirigen a toda la gente de Alaska a la Patagonia y que no cometen el abuso de pensar que EE. UU. son América. Puestos a hacer, la habría titulado A toda la población mundial.